miércoles, 15 de marzo de 2017

quince de dieciocho

Hoy he acabado la última clase del día tremendamente agradecida. Agradecida a que apostarais por mi decisión. Agradecida porque confiasteis en mi instinto y no cuestionasteis en ningún caso si lo que yo quería hacer tendría o no salida. En una época en la que si estudiabas una carrera tenías trabajo , vosotros me dejasteis bailar . Mamá, me pinchaste hasta que con catorce años acabé cediendo al clásico. Tu insistencia en que no fuera solo un hobby, hizo que acabara examinándome  en el Conservatorio de Madrid. Vuestro triunfo está en que pueda vivir de la danza, del teatro ... y mi recompensa a todos estos años de esfuerzo está en que Didac ( 5 )  esté tan a gusto en la clase que acabe durmiéndose después de una manipulación, en que Claudia ( 7 ) cierre los ojitos y mueva sus manos llenas de sentimiento encima de una silla y en que las chic@s de l'Excèntrica acaben bailando por Soleá, sin apenas saber de su compás, desde un lugar honesto y libre. Mi maestro Andrés Corchero, insiste en bailar desde la verdad. Desde la verdad es ese lugar en el que al ver a alguien en escena te emocionas. Es ese lugar en el que el vello se pone de punta y  humedecen los ojos.  Pararías el tiempo. Lo que iba a ser un año sabático a pasado a ser una apuesta  por mi identidad y mi forma de hacer. Un hacer que empezó encima de una mesa con un vestido de lunares y que actualmente se encuentra con uno de flores esperando la llegada de la primavera. 



Foto: Antonella Spaccini

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