miércoles, 3 de agosto de 2016

El barrio


Los niños patean el calor descarnadamente. Se les va la vida en cada intento. La plaza se convierte en un campo de batalla. Toda la furia acumulada en el invierno sale en forma de gota y de juego. Pero no importa, esquivo sus chutes con las manos sudorosas. Cemento, gritos y sol.

La mano en la frente con surcos del pasado y un periódico para no mancharme la falda. Van llegando a cuentagotas hasta que empieza la tertulia. Los sabios arreglan el país bañados en café con hielo y atragantándose con unas pastas.

Un balonazo despierta del letargo a una muchacha que hace la siesta en un banco. La humedad carga el ambiente, el ladrillo en el  pecho hace meses que no está. Pero no importa, bajo por el camino de piedra que se enreda en mis chanclas y ya me va bien.

¿ Me das fuego? ¿ Me das un cigarrito? Los locos se deslizan por las calles y no dejan de pedir. No fumo. Sus miradas se clavan en mis manos. No doy. 

El parque de arena está hirviendo, soporta estoicamente el sol que cae a media tarde. Ningún pequeño vuela sobre sus cadenas. Todo está parado. El sabor de horchata en mis dedos, me lleva al recuerdo que pesa. La calle empinada es eterna, falta mucho para llegar.

Silencio. Las ventanas de par en par dejan salir las notas de un piano. Es Bach. Siempre a la misma hora, siempre la misma pieza . Nunca estás. 


Un día me acompañaste siguiendo el camino, pero al llegar a casa, dejaste de estar. El jazmín sin flores no tiene perfume,  de nada sirve. Se asoma yermo por los muros testigo de la pena. No lloro. Verde, río y mar.

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