miércoles, 1 de junio de 2016

María

—María cariño, despierta que llegamos tarde. Ayer me quedé cosiendo hasta las cuatro y me he dormido—dice mamá acariciándome la mano. Últimamente trabaja muchas horas. Es la tercera vez, en este mes, que no escucha el despertador .

Sólo el pensar en la bronca que me pegará Sor Cristina , hace que mi cuerpo, pegue un bote y salte de la cama. Mamá me viste deprisa para que no coja frío . Suerte que voy con uniforme. Sin lavarme la cara, ya tengo el abrigo puesto, faltan diez minutos para las nueve. Salimos de casa.  Mamá me arrastra de la mano por las escaleras, el ascensor hace días que no funciona.

Salimos del portal y subimos la cuesta que acaba en la calle López de Hoyos. Cruzamos por Marcenado y paramos en la panadería de Andrés. Es un local muy pequeño. Está repleto  de bollos tiernos de leche, mantequilla y miel, de suizos , de milhojas ... el olor a pan recién hecho hace que recuerde que no he desayunado. 

—¡Buenos días!.  Hoy toca de azúcar.—dice mamá.
—Buenos días Clara. —dice Andrés mientras que le sirve un donut —María, princesa ¿ te has lavado la cara ? ¡ Menuda legaña llevas !

Mamá moja su dedo con saliva y se acerca a mi lagrimal. Después de dos intentos, consigue quitármela.  La miro , sonrío y ella me responde con un beso en la frente. Son las nueve y diez y todavía nos queda un buen trecho.

Mi madre camina volando y yo, voy de su mano sin miedo a caer. Acaba el viaje delante de una  verja enorme forjada de color gris. Por fin hemos llegado ... pero ya no están las filas , no escucho los gritos de mis compañeros de clase. Están todos dentro. Me va a tocar entrar sola, una vez más. Mi madre llama al telefonillo de la escuela:

— ¿ si ? —responde una voz seca desde el interior.
—Buenos días, vengo a traer a María Ribas. —Dice mamá mientras me mete el donut en la mochila.

Después de una pausa, la verja comienza a abrirse y me da un azote cariñoso para que pase . Avanzo, y a unos pasos, me doy la vuelta, la miro con cara de pena , pero no se apiada de mi. Me sonríe , lanza un beso y me hace gestos con las manos para que entre dentro del edificio.  Se oye el motor de la verja y poco a poco se va cerrando. Hecho una última mirada pero mamá ya no está allí.

Corro hacia la entrada. La prisa hace que no vea el charco que hay delante de las escaleras. Lo piso y me mojo los zapatos, ha estado lloviendo durante toda la noche, el olor a tierra mojada hace que cierre los ojos antes de entrar. El silencio se rompe con el sonido de la puerta de madera. Herminia, la portera, tiene cara de pocos amigos. Paso cerca de ella y la saludo con la mano, le sonrío y ella, ni se inmuta.

Camino despacio hacia mi clase. No se puede correr por los pasillos. Sigo el inmenso corredor de techo alto y lleno de ventanales. Aún siendo un día gris, la luz llega a cada rincón. Voy pegada a la pared acariciando el friso de madera con mi mano.  No me gusta ir sola por el colegio, el otro día, hablamos de las apariciones de la Virgen, y tengo miedo, a que, en algún momento se me aparezca. El olor a incienso, que viene de la capilla, me pone los pelos de punta. Acelero el paso hasta que llego a una gran puerta de madera. Me quedo parada delante de ella mordiéndome las uñas , hasta que, saco el valor para golpear tres veces y abrir sin esperar.


—Sor Cristina ... ¿Se puede ? ...

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