jueves, 21 de mayo de 2015

Al galope


Una escapada fugaz a Madrid, la ciudad que me vio nacer, puede ser, en cualquier  época del año y especialmente a estas alturas del curso, una inyección de energía y fuerza. Volver a caminar por la ciudad donde pasé parte de mi infancia, se convierte en un paseo nostálgico en el que todavía no sabía de que iba la vida. Hace poco , camino de la escuela, escuchando la ventana, preguntaban a Ana Belén y Victor Manuel, cuál había sido el momento en el que se dieron cuenta que la vida iba en serio. Yo lo tengo claro, el día que me di cuenta que todo me podía suceder y que no era el centro del universo fue en el año 1997, con veinte años, al perder a mi madre por un puñetero cáncer. 
Estos días en Madrid, han sido días de reencuentros. Días de recordar aquella época en la que todo eran rosas y violas, y mis máximas preocupaciones eran sacar buenas notas y aprobar los exámenes de danza. 
Es increíble como se modifica el paisaje de una ciudad a través del tiempo. Cómo el paso de los años hace que las plazas cambien, los parques crezcan, los edificios desaparezcan y los campos se conviertan en pisos de protección oficial. Los árboles del barrio donde pasé parte de mi niñez , antes recién plantados, ahora son frondosos. Los bancos en los que me sentaba de pequeña han desaparecido y los garitos donde solía salir cuándo era una veinteañera, ahora son los lugares donde mi sobrina suele ir a bailar. Durante estos días, tenía la sensación de caminar por un espacio que era el de siempre, pero que a su vez, parecía tan diferente que tenía que pararme para poder ubicarme ... 
Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero en cambio hay otras cosas, que no han cambiado en absoluto. Dicen que las buenas amigas pueden pasar largos periodos de tiempo sin hablar y sin verse, y que a pesar de ello, nunca cuestionan su amistad. Dicen que esta clase de amigas, en seguida se ponen al día, como si hubieran hablado el día anterior, sin tener en cuenta el tiempo que no se veían o lo lejos que viven una de la otra. Así es mi amistad con Gemma. La conocí cuándo tenía la edad que tiene su hija María. María, que la siento como una sobrina más ... 
Gemma ha estado a mi lado en los buenos y en los malos momentos. Nunca me ha fallado. Se tiró una gran parte de mi infancia a mi lado, hacíamos los deberes a toda velocidad para salir a patinar a media tarde, bailábamos canciones horteras, llamábamos a los telefonillos y salíamos corriendo, compartimos historias de amor de infancia que nos traían por la calle de la amargura, compartimos instituto, confidencias, noches de fin de año viendo "Lo que el viento se llevó"... no paró de hacer tilas a toda la familia el día que murió mi madre, me dió buenos consejos para dejar que se fuera mi padre ... se alegra de que me dedique a la profesión que soñé en su día, se alegra de que las cosas me vayan bien y celebramos las cosas buenas, como compartimos las cosas malas de la vida. 
Estando con ella me siento feliz, como dice la canción ... me quiere tal y como soy y no se muerde la lengua si piensa que en algo me estoy equivocando. No tiene necesidad de dorarme la píldora para no perderme ...  
Este fin de semana, me he traído para Barcelona un fin de semana bello. Bello e intenso, aún me estoy recuperando ... un fin de semana rodeada de su familia, que no deja de ser la mía. Un fin de semana en el que cada momento ha sido digno de vivir ... y lo guardaré para el recuerdo. 
Una escapada a Madrid, a mi pueblo de la infancia, a Sanse, ha sido la medicina que ha hecho que vuelva sabiendo por lo que merece o no merece la pena preocuparse. 
Como a lomos de un caballo, mirando el obstáculo que tengo que saltar me encuentro ahora ... con la disciplina y la posición correcta para realizarlo. Con el miedo justo para no dejar que mi cuerpo se quede blando sobre su lomo. Cogiendo las riendas y acariciando al caballito cada vez que lo hace bien. Así me encuentro, ahora, sólo espero que dure ... 


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