domingo, 6 de noviembre de 2011

Dudando del orden del mundo

Con el cuerpo sobrecogido después de "Intégrales" de Edgard Varèse. Los sonidos me estremecen, sonidos lanzados al espacio que llegan con toda su profundidad. 
Recibo la siguiente pieza con alivio. Mozart. Contradicción entre la lluvia de afuera y las imágenes primaverales que vienen a mi cabeza. Se respira mejor. El arpa y la flauta tocados por dos mujeres. La belleza de como una acaricia las cuerdas y respira con las manos y la otra acompaña con todo su cuerpo la melodía que sale de la flauta. La facilidad con la que interpretan me invita a pensar que el instrumento pasa a ser parte de ellas. Respiro profundamente, sale un suspiro.
Un auditorio tendría que tener una zona en la que pudieras escuchar de pie. No me resulta fácil escuchar sentada en la butaca. Observo que mis vecinos del lateral mueven dedos, cabezas y piernas secretamente. Esconden sus acentos y su movimientos; siguen encorsetados en sus butacas. 
Después del descanso apagan la luz de la sala. Un parada increíble de ella para comenzar, suspende todo su cuerpo. Cierro los ojos. Vértigo. Abro los ojos ... y comienzan las variaciones con arpa la 1, la 2 y la 4 ... 
Vuelve Mozart. El director acompaña con todo su cuerpo, dibuja en el espacio cada matiz de la pieza, cada calidad de la misma ... es preciso. Una pulsación muy potente sostiene la melodía. Pasión, agitación, excitación... Júpiter. Los Alegros a mi no me alegran... me ponen nerviosa!
Una señora se come un caramelo y el sonido del papelito desvía toda mi atención.  Entonces pienso... caramba Ana como estás pensando!!!! Y entonces empiezo a darme cuenta que un pequeño movimiento de mi pierna repercute en mi cuello. Me gusta. Empiezo a respirar con la música y todo comienza a encajar. Me muevo en la butaca sin pensar en lo que mis vecinos puedan pensar. Empiezo a escuchar desde el cuerpo. Y entonces ... tiene sentido. Un concierto puede ser una gran aventura ...




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